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sábado, 11 de junio de 2011

Bajo las tablas

Y venía detrás de mí un gran dinosaurio verde persiguiéndome. Destrozaba los muebles de la casa y hacía añicos todo lo que pisaba. Nadie lo veía, solo yo que corría despavorida, con mi piyama rosada, intentando que no me alcanzara. Entonces, cuando estaba apunto de comerme con sus enormes colmillos, yo pegaba tremendo salto y caía debajo de mi cama. Allí donde nadie me podía atacar. 

A veces, cuando miro mi vida como un gran escritorio lleno de montañas de decisiones grises aún por tomar, me gusta pensar en aquel lugar, debajo de la cama, donde nunca nada nos podía pasar. Y los adultos pasaban justo al lado, buscándonos, y nosotros nos reíamos de sus zapatos que no tenían ojos y no nos podían ver. 

Sería útil aquel lugar para esconderme de las luces amarillas, de los papeles, de algunos amores y quizás de la plata, y de los adultos que a veces dan miedo porque ya nos miran frente a frente, y no con la cabeza baja.  

Pero somos gente grande y madura, y no nos escondemos debajo de la cama. Afrontamos con la frente en alto los problemas, le damos la cara a las situaciones serias y nos tomamos la vida gris en nuestras manos. 

O al menos eso piensa la otra Verónica, que hoy ha llegado furibunda, a sacarme de los pelos de este cómodo lugar debajo de las tablas de mi cama. 

martes, 24 de mayo de 2011

Palabras ilegales

He encerrado a esa Verónica en el armario, por allá está gritando e intentando tumbar la puerta. Puede hacer el escándalo que quiera pero, al menos por esta noche, la dejaré allí. 

Ella a veces no entiende y me insiste que vomite las palabras sea como sea, incluso se para a mi lado y comienza a chasquear los dedos, logrando intimidarme. Le he intentado explicar que las palabras no llegan así porque si, que los relatos no nacen de sentarse en el computador y mirar el teclado. 

A veces he pensando que me gusta escribir en los momentos en los que no debo, en los que el sistema me obliga a ser una mujer que cumple responsabilidades y respeta reglas. Las clases de física, química y matemáticas en el colegio siempre fueron el mejor ejemplo. Allí estaba yo, atada con un alfiler a un pupitre de madera, encerrada por cuatro paredes blancas. El conocimiento que me querían embutir, asustándome con posibles insuficientes, me sabía a detergente. 

Entonces, sacaba aquel pequeño cuadernito azul que guardaba ilegalmente al fondo del pupitre, y en medio de nomenclaturas, fracciones y problemas matemáticos, me ponía a escribir. Escribir sobre lo que fuera, quizás sobre el tablero que abría su boca queriendo comerme, la historia real de la pobre niña que llegó al hospital por una intoxicación de números o la descripción artística de lo que hacían mis compañeras mientras fingían poner atención. La ficción siempre sabía mejor que la realidad impuesta. 

Pero luego llegaba roja de la ira la Verónica de cemento, la críada por la sociedad de responsabilidades, y me lanzaba de un golpe a la realidad. 

Debes estudiar, 
debes trabajar, 
debes esforzarte, 
debes fortalecer tu voluntad, 
debes ser juiciosa, 
obediente, 
perfecta
debes ser normal. 

Por eso me gusta encerrarla en el armario cuando voy a escribir, y de paso botar el odioso debes a la basura, porque en medio de las letras lo puedo ser todo. Todo menos normal.